La jubilación siempre se ha proyectado como la "edad de oro". Ese momento vital para viajar, retomar aficiones o disfrutar de la familia. Sin embargo, el Wall Street Journal ha puesto el foco en una tendencia creciente y silenciosa que está transformando los hogares: la adicción de los jubilados a las redes sociales.

Lo que comenzó como una herramienta para acortar distancias con los nietos se está convirtiendo, para muchos, en una ocupación a tiempo completo que consume entre seis y nueve horas diarias.

La jubilación era el tiempo de la libertad; para muchos, hoy, está empezando a ser la era de una nueva dependencia digital

El fin de la etapa laboral supone, a menudo, una pérdida de la identidad profesional y de la estructura diaria. Ese vacío de ocho o diez horas es el ecosistema perfecto para los algoritmos de plataformas como TikTok, Facebook o YouTube.

A diferencia de los nativos digitales, muchos jubilados han entrado en el mundo online sin los filtros defensivos que se adquieren tras años de exposición. Esto los convierte en el objetivo perfecto para la economía de la atención, que monetiza cada segundo que pasan frente a la pantalla.

El impacto económico: el "target" más vulnerable

Desde una perspectiva financiera, este fenómeno tiene varias derivadas preocupantes. Por un lado, el poder adquisitivo. A diferencia de los jóvenes, este colectivo suele tener ahorros y una pensión estable, lo que les convierte en el blanco de una publicidad agresiva.

En segundo lugar, las ciberestafas. El aislamiento real, a menudo disfrazado de hiperconexión digital, aumenta la vulnerabilidad ante engaños sentimentales o inversiones fraudulentas. Y la tercera arista es el gasto sanitario. El sedentarismo extremo derivado de horas de "scroll" infinito acelera patologías crónicas, lo que se traduce en una mayor presión sobre el sistema de salud pública.

La adicción digital en la tercera edad no es solo un problema de gestión del tiempo. Los expertos advierten de consecuencias físicas y cognitivas reales. Por ejemplo, un mayor aislamiento social. Paradójicamente, cuantas más horas pasan en redes, menor es la interacción física de calidad, lo que puede derivar en cuadros de depresión.

También se está detectando un auge en el deterioro cognitivo. La gratificación instantánea de la dopamina digital sustituye a actividades que requieren mayor esfuerzo intelectual, como la lectura o el aprendizaje de nuevas habilidades.

Además, la luz azul de las tabletas y los móviles es especialmente disruptiva en los ritmos circadianos de las personas mayores, incrementando sus trastornos del sueño.