España y Francia vuelven a enfrentarse esta noche en una semifinal del Mundial que promete acaparar la atención de millones de espectadores. Sin embargo, más allá del terreno de juego, ambos países disputan desde hace años otro partido mucho más decisivo para su futuro: el del crecimiento económico en un contexto de envejecimiento demográfico y escasez de mano de obra.
La reciente polémica desatada por el artículo publicado por el expresidente Mariano Rajoy ha vuelto a situar la inmigración en el centro del debate político. Un debate que suele estar dominado por las posiciones ideológicas, pero en el que con frecuencia quedan relegados los datos económicos.
Y esos datos ofrecen una conclusión difícil de ignorar: tanto en España como en Francia, la población nacida fuera del país se ha convertido en un motor cada vez más importante para la actividad económica.
Francia: una economía que lleva décadas apoyándose en la inmigración
Francia es uno de los países europeos con una tradición migratoria más larga. Aproximadamente el 14% de sus habitantes nació en el extranjero, fruto de varias décadas de inmigración procedente principalmente del Magreb, África subsahariana, Portugal, Italia y, más recientemente, Europa del Este.
Esa población desempeña un papel esencial en numerosos sectores productivos. Construcción, agricultura, hostelería, limpieza, logística, transporte, industria, atención a mayores y sanidad dependen, en gran medida, de trabajadores nacidos fuera del país.
Diversos estudios elaborados por el Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE), la OCDE y distintos economistas sitúan la aportación de la población nacida en el extranjero entre el 10% y el 12% del Producto Interior Bruto francés, una cifra muy similar a su peso dentro de la población.
Lejos de constituir un elemento marginal de la economía, los inmigrantes forman parte del funcionamiento cotidiano del tejido productivo francés y contribuyen de manera significativa tanto a la creación de riqueza como a la recaudación fiscal y al sostenimiento del sistema de protección social.
España: la inmigración impulsa el crecimiento económico
España presenta una historia muy distinta. Hace apenas tres décadas era un país emisor de emigrantes. Hoy se ha convertido en uno de los principales destinos migratorios de Europa. Este cambio coincide con un importante reto demográfico: la jubilación progresiva de la generación del baby boom y el descenso continuado de la natalidad.
Ante este escenario, la llegada de población extranjera se ha convertido en uno de los principales factores que explican el dinamismo de la economía española. El Banco de España, la AIReF, Funcas, la OCDE y el Fondo Monetario Internacional coinciden en señalar que una parte muy relevante del crecimiento del empleo y del PIB durante los últimos años ha estado estrechamente vinculada a la incorporación de trabajadores extranjeros.
Su presencia resulta especialmente significativa en sectores donde existe una creciente escasez de mano de obra, como la hostelería, la agricultura, la construcción, la logística, el transporte, los cuidados y determinadas actividades sanitarias.
Las estimaciones económicas sitúan la aportación de la población nacida fuera de España en torno al 12% del Producto Interior Bruto nacional, una cifra que continúa aumentando conforme crece su participación en el mercado laboral.
Mucho más que trabajadores
El impacto económico de la inmigración no se limita únicamente a cubrir vacantes. Los nuevos residentes también consumen, alquilan o compran viviendas, crean empresas, pagan impuestos y cotizaciones sociales y contribuyen al sostenimiento de los servicios públicos.
Al mismo tiempo, numerosos expertos recuerdan que la inmigración también plantea importantes desafíos. El incremento de la población exige inversiones en vivienda, educación, sanidad, infraestructuras e integración social para evitar tensiones en determinados territorios.
Por ello, el verdadero debate económico no gira tanto en torno a si la inmigración genera riqueza —los datos muestran que sí lo hace— como sobre la capacidad de los países para gestionar adecuadamente esos flujos migratorios y convertirlos en crecimiento sostenible.
Un partido que también se juega fuera del estadio
La coincidencia entre la semifinal del Mundial y la controversia política sobre inmigración deja una imagen especialmente simbólica. España y Francia comparten dos selecciones nacionales profundamente diversas, donde muchos futbolistas son hijos o nietos de inmigrantes.
Esa realidad también se refleja en sus economías. Mientras millones de personas siguen el resultado del encuentro sobre el césped, existe otro marcador mucho menos visible que continuará evolucionando durante las próximas décadas.
El que mide la capacidad de ambos países para atraer talento, integrarlo en el mercado laboral y aprovechar su contribución al crecimiento económico. Porque el verdadero partido entre España y Francia no solo se juega durante noventa minutos. También se disputa cada día en las empresas, las fábricas, los hospitales, los restaurantes, las obras y los centros logísticos que sostienen buena parte de la riqueza de ambas economías.