100 años de Alan Greenspan. Vivo hasta ayer mismo. Y ahora entendemos que no ha muerto solo un hombre, con él se apaga una forma de hablar y de no decir

Alan Greenspan, el oráculo de la Reserva Federal, ha vivido un siglo entero y ha dejado tras de sí algo más que decisiones sobre tipos de interés; deja un estilo, una época y un misterio.

Durante casi dos décadas, del año 1987 al 2006, Greenspan no fue simplemente el presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Fue su voz más enigmática. En un mundo que ya estaba muy obsesionado con la claridad, él convirtió la ambigüedad en una herramienta de política monetaria. "Si no entendías lo que decía, probablemente", aseguraba él, "lo había explicado perfectamente".

Fue el hombre que navegó el crac del 87, la exuberancia irracional de los 90 (fue su frase más famosa), el estallido de las puntocom y el inicio del siglo XXI. Bajo su batuta, la Fed se convirtió en algo más que un banco central, fue el actor central del equilibrio global.

Mientras otros presidentes parecían afinar el instrumento, Greenspan lo convirtió en un lenguaje propio. Ni el presidente más técnico como Volcker, ni el más mediático como Bernanke, ni el más estratégico como Powell, han logrado replicar esa mezcla de prudencia, intuición y casi teatralidad que Greenspan desplegaba en cada comparecencia.

Era economista, sí, pero podríamos definirle también como un narrador de incertidumbres. Su legado, como su discurso, no es sencillo. Hay quien le atribuye haber sembrado las semillas de la crisis financiera. Otros lo ven como el gran estabilizador de finales del siglo XX que le dio a Estados Unidos dos décadas de crecimiento, de expansión continua.

Probablemente fue ambas cosas. Porque Greenspan no simplificaba el mundo, lo interpretaba. Y a veces asombraba a todos, como cuando dijo: "Estados Unidos puede pagar cualquier deuda que tenga, porque siempre podemos imprimir dinero para hacer eso. Así que hay una probabilidad de cero de incurrir en Default".

Hoy los mercados no solo recuerdan sus decisiones, recuerdan también sus silencios. Y en un tiempo donde todo se explica demasiado, quizás eso sea lo más irrepetible.

Alan Greenspan se ha ido, pero su forma de hacer política monetaria, a medio camino entre la ciencia y el arte, seguirá siendo durante mucho tiempo una referencia y un enigma. ¿Sabía de verdad lo que decía y hacía o prefería que nos quedásemos con la duda?