En un contexto de estancamiento económico, tensiones internacionales y la incertidumbre que genera Donald Trump como aliado, el primer ministro Keir Starmer ha apostado por acercarse a la Unión Europea. Starmer ya había reconocido que el Brexit dañó la economía británica y ha prometido fortalecer los lazos con la Unión Europea.
El estancamiento económico del Reino Unido podría estar detrás del repunte de ciudadanos que quieren volver a la Unión Europea.
Sin embargo, diplomáticos y analistas consideran que esta estrategia llega tarde y con ambición limitada. Según las propias estimaciones del gobierno, un paquete de medidas que se quiere acordar en una cumbre UE-Reino Unido en julio solo aumentará el PIB del Reino Unido en un 0,3 por ciento en 15 años, muy por debajo del impacto negativo del Brexit, estimado entre el 4% y el 8%.
Entre las medidas, se incluye un acuerdo para eliminar los controles a las exportaciones de alimentos y bebidas y la revinculación de los sistemas de fijación de precios del carbono de la UE y el Reino Unido. Todavía está pendiente de acuerdo un convenio de movilidad juvenil que permita a los jóvenes de entre 18 y 30 años vivir y trabajar en la UE o el Reino Unido durante un máximo de tres años.
El principal problema es que el gobierno laborista mantiene las “líneas rojas” heredadas de la etapa de Boris Johnson: descarta volver al mercado único o a la unión aduanera. Desde Bruselas se percibe esto como un intento de “elegir ventajas sin asumir costes”, lo que limita cualquier progreso real.
La postura de Reino Unido
En el Reino Unido, el acercamiento a la UE también genera tensiones políticas. Algunas medidas implicarían aceptar normas europeas, lo que la oposición considera una cesión de soberanía. A la vez, crece el debate interno en la izquierda sobre adoptar una postura más ambiciosa, incluso planteando el reingreso en la UE.
Las encuestas muestran una opinión pública dividida pero más favorable a estrechar relaciones: una mayoría apoya vínculos comerciales y de seguridad más cercanos, y un 53% respaldaría volver a la UE. Aun así, persisten dudas sobre los costes políticos y económicos de un cambio profundo.
Los expertos coinciden en que el Reino Unido deberá afrontar decisiones estratégicas más claras: aceptar mayores compromisos —financieros y en libre circulación— o renunciar a los beneficios de una integración más estrecha. Sin ese cambio, el actual “reset” con la UE difícilmente pasará de ser un ajuste limitado sin impacto significativo.
