OpenAI ha encendido las alarmas entre los inversores después de comunicar unas cifras de ingresos inferiores a las que se habían difundido previamente. La compañía creadora de ChatGPT habría alcanzado unos ingresos anualizados cercanos a los 50.000 millones de dólares en septiembre, frente a los 70.000 millones que se habían manejado en informaciones anteriores.

La diferencia, de unos 20.000 millones de dólares, ha reabierto el debate sobre la capacidad de las grandes compañías de inteligencia artificial para rentabilizar las enormes inversiones que están realizando en esta tecnología. Sin embargo, OpenAI no ha perdido 20.000 millones de dólares en ingresos. La discrepancia responde, en parte, a cómo se contabiliza la facturación de su negocio.

El problema de comparar los ingresos de OpenAI y Anthropic

Una de las claves está en la metodología utilizada para calcular los ingresos y en el tratamiento de las ventas realizadas a través de socios tecnológicos. OpenAI y Anthropic, su gran rival en el desarrollo de inteligencia artificial, no presentan sus cifras bajo los mismos criterios. Cuando los servicios se distribuyen mediante plataformas de terceros, como los proveedores de computación en la nube, la forma de atribuir los ingresos puede alterar las cifras utilizadas para comparar ambos negocios.

Esta diferencia resulta especialmente relevante en un sector en el que las compañías están compitiendo por atraer capital y justificar valoraciones multimillonarias. Una comparación que no utilice criterios homogéneos puede ofrecer una imagen distorsionada de la dimensión real de cada empresa.

Por tanto, la cifra de 50.000 millones de dólares no debe interpretarse automáticamente como un desplome de las ventas de OpenAI, sino como una señal de que es necesario analizar con detalle qué ingresos se están contabilizando y bajo qué metodología.

Los inversores empiezan a exigir resultados a la inteligencia artificial

La noticia llega en un momento de creciente escrutinio sobre el negocio de la inteligencia artificial. Durante los últimos años, el mercado ha premiado las expectativas de crecimiento de las compañías vinculadas a esta tecnología, desde los fabricantes de chips hasta los operadores de centros de datos y los desarrolladores de modelos.

Pero la ecuación empieza a cambiar. Los inversores quieren comprobar que la demanda de inteligencia artificial se traduce en ingresos recurrentes y, sobre todo, en beneficios capaces de compensar el coste de desarrollar y ejecutar estos sistemas.

OpenAI necesita financiar una infraestructura cada vez más exigente, con enormes necesidades de capacidad de computación, chips especializados y centros de datos. A esto se suman los costes de entrenamiento de sus modelos y la expansión de sus servicios para empresas y particulares.

En este contexto, cualquier diferencia entre las previsiones y las cifras comunicadas puede provocar dudas sobre la sostenibilidad del crecimiento del sector.